Escribir como la huella en el camino tras aquello que se escapa

Tres escritoras ecuatorianas en valparaiso

Autoras sólidas y serias de varios géneros, Daniela Alcívar Bellolio (Guayaquil, 1982), Gabriela Ponce (Quito, 1977) y Yuliana Ortiz Ruano (Esmeraldas, 1992) fueron las representantes de Ecuador, país invitado a la última versión de la Feria Internacional del Libro de Valparaíso. Conversamos con ellas sobre su país y la escritura.

Las ferias de libros, si han de ser ferias de libros y no pompas de jabón tras las cuáles corren los escritores para ver su propio reflejo reventar ante ellos, son una oportunidad para contaminarse no sólo de la escritura, sino de los cuerpos detrás de esas escrituras. Parece una obviedad superficial. Habrá quienes piensen que la literatura es una cuestión solitaria, que se juega en ese momento del uno frente al objeto. No pretendo contradecirles, diré que sí, pero que cuando esa etapa está resuelta, por una cuestión que me permitiré llamar humanidad, uno quiere más.

Quieres saber qué hay detrás de ese tono, esa sintaxis, esa prosodia que nos produjo interés, curiosidad, tristeza o admiración. Y no creo que se reduzca al farandulismo, aunque haya faranduleros de la literatura como los hay del fútbol o la política. Estoy pensando más bien en aquella respuesta de Einstein recogida en el Diario (1893-1937) del Conde Harry Kessler, que tengo ahora entre mis manos: «Detrás de la naturaleza queda algo sutil, intangible e inexplicable. La veneración por esta fuerza más allá de cualquier cosa que podamos comprender es mi religión».

Como mi religión es la escritura, instancias como la Feria Internacional del Libro de Valparaíso, que se hace con o sin financiamiento, con o sin ayuda oficial, de la mano de esa trabajadora total que es la poeta Gladys González, me conmueven y sensibilizan en extremo.

En esta versión, además de haber tenido la oportunidad de ver caminando en nuestra ciudad al autor del mítico Metales Pesados, Yanko González, y a una de las mejores traductoras de poesía del continente, Verónica Zondek, ambos provenientes de Valdivia, pudimos escuchar, ver y en mi caso conversar, con tres autoras ecuatorianas, pues tal país era el invitado de la feria: Gabriela Ponce, Yuliana Ortiz Ruano y Daniela Alcívar Bellolio.

La primera vez que leí Cuaderno sobre el imposible retorno a pangea (Ediciones Libros del Cardo, 2021) lo hice como el arquetipo que mencioné más arriba: sujeto versus objeto. De esa lectura saqué en limpio el equilibrio (madurez, diría) que tiene la autora para que secciones de poemas con registros formales muy disímiles sean, al mismo tiempo, coherentes entre sí y respecto de las demás. Me llamó la atención que la densidad conceptual y temática detrás de cada uno de los poemas no los supera, como suele pasarles a muchas escrituras jóvenes que abordan temas candentes como territorio y género. Para pensar los poemas de Yuliana conviene recordar la calle Marina en Viña del Mar, o la avenida Errázuriz en Valparaíso, pasado el puerto, en días de marejadas. Vas en la micro o en el auto, detrás de la vereda hay un paredón desde el que en días normales la gente pasea viendo las olas acariciar las rocas. E interrumpe la normalidad del tránsito un abanico de agua que llega a la calle y la moja. Una ola demasiado grande mojó la avenida y te recuerda de golpe que vivís frente a un monstruo al que te acostumbraste.

Uno transita por poemas con gran ritmo, y de pronto una ola conceptual choca contra un verso y el lector es salpicado por el agua del conocimiento profundo del territorio, la racialización, la pertenencia que produce diferencia: «El no hogar televisado:/ Una orilla desfigurada a través de los recorridos de los pies de/ santos y balazos». Después uno sigue, onda verde en la avenida del libro, no hay semáforos rojos, cada tanto una ola nos recordará que del otro lado de la satisfacción que produce un poema bien escrito, habita el monstruo que lo impulsó: «Amarte son millones de encéfalos colgando de esa estantería:/ —No los mires—».

En la segunda lectura que hice de Cuaderno… googleé Limones, Esmeralda, Ecuador, y el resultado fue intenso. En efecto había un algo más que el objeto. Limones, el trozo de Pangea donde nació Yuliana que flota a la deriva. Es una isla pequeña, con mayoría de población negra, muy cercana a Colombia. Como sus habitantes, racializados, no le interesan a la oficialidad racista, la infraestructura que se ve en videos y fotos, a diferencia de la explotada Galápagos, se reduce a un par de muelles a los que llegan lanchas pequeñas e inestables trayendo provisiones e isleños, que van y vienen de Guayaquil o Colombia, y en las que subimos una y otra vez en los poemas de Cuaderno…

Comprendo que no asistimos a metáforas, aunque estaba satisfecho con ellas, sino a la perspectiva de la autora, a sus ojos, a su memoria, y el libro, perdonen por apelar a esa caprichosa vara estética, me gusta el doble.

En el restorán del hotel en que alojaron inicié la conversación preguntando sobre la revuelta de octubre del 2019 en Ecuador: ¿Estaban en el país cuando sucedió el paro? ¿Cómo afectó eso a su escritura? La primera que me responde es Yuliana.

Yuliana: Yo estaba en Guayaquil, la ciudad más facha de Ecuador. Lleva más de treinta años el mismo partido de derecha, el socialcristiano. Ha sido como una alcaldía heredada. Practican un sistema de hipnopedia casi, en la metrovía, que es el transporte público, tienes un sistema de televisores donde están estas personas de derecha hablando todo el tiempo. En los sectores más alejados donde doy clases hay una red de propaganda horrible de estas personas, todas muy contrarias al paro. El alcalde dijo algo horrible a propósito, que los indígenas vuelvan al páramo, como si no hubiesen indígenas en Guayaquil, haciendo lo que hacen siempre en Ecuador: sugerir que los indígenas pertenecemos a ciertas geografías.

Sin embargo hubo una movilización. Había estudiantes de universidades públicas, también se organizaron junto a nosotros muchas personas indígenas de los mercados.

Una vez nos echaron a patadas para hacer una contra marcha con carros de San Borondón, donde la gente marchaba de blanco, muchos portando látigos. Ahí te dabas cuenta de algo evidente, Guayaquil nunca dejó de ser una hacienda, y quienes no pertenecemos a las élites somos los peones para ellos. Y no tenemos un derecho legítimo sobre la ciudad.

Y esto más que modificar mi escritura me permitió entender que es necesaria mi existencia, esto se suscribe a la escritura o lo que tú hagas. En una ciudad tan racista se volvió importante hacer lo que una hace.

Conocí a Daniela hace unos años como un nombre respetado por lectores y lectoras muy distintos entre sí en edades y gustos. Uno de ellos, el más extraño y riguroso, me prestó Pararayos (Turbina, 2016), un libro que podríamos llamar de ensayos, pero para hacerlo sin faltar a la verdad, debería explayarme sobre la escritura de Daniela. Tanto en este libro como en Para esta mañana diáfana (Ruido Blanco, 2016; Ediciones Libros del ardo, 2018), que podríamos llamar de relatos, lo que pasa es lo siguiente: su escritura es una idea a la que llega una escritora.

Pero imaginen la palabra idea de manera material, pónganle forma de casa o salón en el que rompen el silencio unos pasos, es decir un ritmo, y después el ruido de sillas siendo arrastradas sobre el suelo; Daniela las corre a un costado, de modo que vuelve la idea-salón una pista de baile donde entran más y más amigos: los muertos y lejanos —Barthes, Suely Rolnik o Deleuze—; los cercanos y vivos —Alberto Giordano, Sergio Chefjec—. Y con las ciudades hace lo mismo.

Las presenta en el texto pero no como cuadro estático. Las camina, se apoya a descansar en sus paredes, y mientras hace eso las piensa, haciendo entrar al cuerpo en el texto y a nosotros en esas ideas de esos amigos, la mayoría de las veces poniéndolas en escena, alejándose de ese mal contemporáneo que es el uso de la cita como una institución de autoridad casi teológica, puestas para que los lectores digan amén sin chistar.

A la pregunta por el paro de octubre responde:

Daniela: Fue una grieta en mi sensibilidad y en mi imaginario del país.

Estar ahí era habitar un lugar que ponía en crisis un montón de cosas. Por más que una no sea racista y esté posicionada en un lugar político, otra cosa es vivir esa constatación de cosas que van en contra de todo lo que a una le enseñaron, porque desde que uno tiene uso de razón, le dicen que los indígenas son brutos, sobre todo manipulables. Estar en el paro fue vivir exactamente lo contrario a todo eso. Ver una organización súper sólida, que ponía en escena una serie de estructuras que no son con las que una creció, porque sí hay liderazgo, sí hay dirigencia, pero hay una fuerza de las bases, en las mujeres, cómo las mujeres marchaban con las guaguas, cargándolas, era parte de la potencia.

Respecto de mi escritura lo que veo muy claramente es que es un fenómeno que se me resiste. Fue algo tan singular, que hay una resistencia de eso a ser escrito. Yo sigo intentando y aproximándome, sigo volviendo a esas imágenes. Y ese trabajo con esa resistencia es lo que va quedando escrito. Estoy por publicar una novela y ahí trabajo un poco alguna texturas de la revuelta, tratando de huir un poco a estos lenguajes ya cristalizados, en que el feminismo agota, o que los discursos militantes agotan, tratando de ver cómo meterme con el lenguaje en ese movimiento tan indescifrable. No tenemos todavía lenguaje, es una experiencia refractaria, entonces antes que colonizarla con los lenguajes que ya están fijados, es rico ver cómo ese acontecimiento intempestivo se resiste a ser dicho, y tratar de decirlo con un lenguaje que no lo fije, que no lo cristalice.

Gabriela Ponce es escritora y directora de teatro. Obtuvo el Premio del Ministerio de Cultura de Ecuador por su primer libro de relatos, Antropofaguitas, de 2015, y el premio Joaquín Gallegos Lara en dos oportunidades, en 2018 por su obra de teatro Lugar, y en 2021 por su primera novela, Sanguínea.

Los premios nunca aseguran del todo la calidad de una obra, aunque hay que estar escribiendo en serio para obtenerlos. Entonces podemos extraer de estos tres premios en tres géneros diferentes la potencia híbrida de su escritura, cuya piedra angular es el cuerpo.

En sus obras (he leído la novela y tres de sus obras de teatro) el lector asiste, como quien ve amanecer desde Chile (una obviedad, el sol sale todos los días, pero verlo vencer dos cordilleras lo sensibiliza a uno de que en verdad es un hecho extraordinario) asiste, digo, a la constatación de que esta estructura que nos contiene es un medio de transporte y un instrumento de medición del mundo, que está conectado con los micro-organismos que componen la existencia, que siente y al hacerlo los límites físicos se relativizan, la escritura de Gabriela te conmueve, o mejor, te toca.

Pero no por los tópicos que aborda, aunque como una poética muy intensa y delicada el erotismo la atraviese, sino por el uso del lenguaje. En Sanguínea recordamos todo el tiempo cuál es la diferencia entre contar y narrar, entre la mera anécdota y aquello que hace que la anécdota se convierta para el lector en una experiencia vital.

Gabriela: Para mí fue más como encontrar el lugar para acompañar ese levantamiento. Me sentía dislocada, en otra ciudad, en otro tiempo. Como que se abrió otra experiencia de la ocupación, en los lugares que estaban siendo ocupados cómo se generaban estas cartografías de la solidaridad. Las redes se convirtieron también en espacios de batalla, yo me alejé, rompí con gente, porque ahí se visibilizó una fractura, cómo estamos marcados por esa distancia, por ese racismo. Por esta idea de la ciudad, de por qué vienen a mi ciudad, esa idea de pertenencia, ¿no? ¿a quién le pertenece un espacio? esas preguntas fueron bien importantes. Los miedos pero la exigencia personal de estar igual, son cuestiones que muchas de nosotras experimentamos estando ahí, y escribiendo. Yo hago teatro, y escribí un artículo más académico sobre esas teatralidades, esos gestos que surgen en el momento de la protesta, del canto, de la voz, de la pancarta, de levantar.

Es llamativo porque sus libros están escritos antes de la revuelta, sin embargo hay una minuciosidad muy notoria en la descripción de la ciudad, del entorno. ¿Qué lugar tiene la ciudad en su escritura?

Y: Voy a hablar de Ecuador, pero si viviera en Valparaíso me sería muy difícil no hablar sobre el exterior. Yo vengo de una geografía insular, donde literalmente el agua marca ciertos parámetros, te dice hasta aquí, ahora continúa, ahora tienes que nadar. El afuera configura el adentro. Dependiendo si hay una lluvia o una tormenta, que allá son con mucho viento, ahí se configura la casa también, no sé, tienes que poner algo atrás de las ventanas para que no te entre agua. O no sé, cavar una zanja. Todo el tiempo la geografía configura el adentro, incluso la comida, todo tiene que ver con qué está pasando afuera.

Con esas condiciones se me haría muy difícil rehuir el afuera y hacer estas escrituras escapadas. Cuando era más chica conocí mucha gente, escritores varones sobre todo, que en talleres te venían con una exigencia muy extraña de no hablar del lugar que habitamos, sino hablar siempre de otra cosa.

G: A mí me interesa cómo el exterior va configurando tu sensibilidad. De alguna manera siento que toda esa materialidad en la infancia por ejemplo, cómo te va relacionando con los espacios arquitectónicos, las paredes, las gradas, las flores, el jardín. Entonces se va generando sentido a partir de la relación con esos espacios. Por mi parte me interesa la recuperación de cómo empecé a descubrir el mundo a través del tacto, una topografía de la casa, de generar mundo dentro de los mundos. Armar universos con los espacios pequeños. Y con la ciudad me pasa eso. Me genera una nostalgia, una experiencia sensible que activa mucho mi escritura la relación con ciertas calles, en paisajes muy concretos en los que sucedieron o me sucedieron algunos acontecimientos afectivos. Hay una búsqueda de encontrar esa potencia en el espacio en relación de lo que estaba habilitando adentro.

D: Para mí es obsesivo. Mi tesis de doctorado fue sobre la noción de paisaje como imagen. Pararayos también. Yo estoy marcada por migraciones, en la primera pasé de vivir en Guayaquil a vivir en Quito, a los ocho años, que es un cambio de paisaje radical. Guayaquil es la planicie, el puerto, el río, el calor y la humedad y Quito es el frío, la montaña, lo seco. Guayaquil está trazado por cierto amarillo aplastado, y Quito está marcado por un azul transparente. Recuerdo haber llegado y recibir un impacto visual. Las montañas, una cosa lejana y enorme. Y luego pasé a una Guayaquil más hermosa, que es Buenos Aires, otra vez esta planicie, esta ausencia de accidentes geográficos que me ubicaran. Esos cambios, me doy cuenta, me impactaron muchísimo. Y luego volver a Quito en medio de un duelo que estaba atravesando, volver a estar rodeada de estas montañas activas, que empiezan de repente a explotar, me hacían sentirme protegida. No quería más esa intemperie, también porque la muerte que estaba llorando se había dado en Buenos Aires. En resumen, el paisaje para mí es una preocupación ética, algo que me hace escribir.

Quería preguntarte a vos y a Yuliana por el retorno. En tu caso aparece en la escritura el ir y venir de Quito, en tu caso Yuliana está Limones.

Y: Claro, y es algo raro lo que pasa. Porque las personas no ven como una migración ir de Limones a Esmeraldas o a Quito, está muy naturalizado. Y a mí me interesaba trabajar con esas pequeñas migraciones que hacemos. Esos tránsitos afectivos con nuestras cositas metidas en un bolso. La gente cuando vuelve a Limones, que van mucho para la fiesta de San Martín de Porres. Es algo muy, es una ridiculez, están tocando marimbas en las lanchas, el cura disfrazado bailando, tomas con el narco, el narco está tirando balazos al aire.

Recuerdo que en un poema mencionás la palabra balazos, pensé que era metáfora.

Y: ¡No! Los balazos han marcado mi infancia. Es una zona militarizada por el tema del narco. Limones está más cerca de Colombia que del centro de Ecuador. Lo que comes, la ropa que usas, todo viene de Colombia. La bebida. La primera cosa que bebí de adolescente fue la Águila Dorada y no la Pilsener, que es la cerveza de Ecuador. O decir «Vámonos a Tumaco», y luego te enteras que es otro país, pero nadie te hace migración, y tú vas y vienes como si nada.

Pero decís algo muy lindo: «cuna de un bolero aún no inventado». Limones como el caldo de cultivo de un género.

Y: Lo que pasa con las islas negras del caribe es una conexión muy loca, una especie de hermandad que trasciende lo idiomático. Hoy día tengo las herramientas teóricas para palabrarlo, con Kamau Brathwaite, él habla de lenguaje-nación. Los lenguajes que la gente negra va criando a partir de las lenguas que los colonizan. Pero aún así vas invadiendo, inventando una lengua a partir de la lengua impuesta.

Pero respecto del retorno. Pienso que cuando uno migra no vive ni aquí ni allá, hay una especie de crear un espacio idealizado, porque lo que uno recuerda siempre es una idealización. Y en esos momentos de extrañar tú olvidas que era peligroso, que no había agua, que por eso migraron. Entonces hay una creación de un espacio que no existe, y que es resultado de tu memoria inventando el lugar que dejaste. Extrañas algo que no es así. Que estás creando con lo que viste y que recuerdas. A la vez, ese hablar de los otros espacios, hace que no puedas vivir en el que estás ahora. Mi libro es también un homenaje a Aimé Césaire, a su Cuaderno de Un Retorno al País Natal. Porque yo creo que él también habla de la imposibilidad de un retorno, habla del país con un enorme desasosiego, y cuando encalla y camina las calles el desasosiego es mayor. Entonces pese a que yo vuelva a Limones, no vuelvo al que yo viví. Recuerdo que uno de los momentos más hermosos que recuerdo, tendría once años y mi mamá nos llevó al San Martín de Porres, en ese momento estaba de moda «Fruit de la passion», una canción en francés, de Martinica, que se puso muy de moda en la isla. Una canción en francés pero que tiene muy buen ritmo, y la verdad es que nosotros somos esclavos del ritmo, eso no se puede negar. Entonces esa canción sonando por todas partes, las lanchas, el sol… Para mí eso es Limones y a ese momento no se puede volver. Y hay otra sonoridad, otra comida, otros olores que ya no son.

D: En mi caso el retorno se parecía a lo que decía Yuli. Después de estar atravesada por una infancia medio nómade, con una migración más precaria, una familia sin padre y con una madre peleándola. Cuando migré a Buenos Aires adopté animales, compré una casa, me casé ahí. Hice todo como si nunca fuera a volver. Yo necesito hogar, solidez, por esa marca de la infancia.

Así que el retorno tiene que ver con un retorno geográfico, que es sobre todo afectivo. Quiero volver al lugar que dejé, y que no haya cambiado, y que todas las personas que estaban ahí sean idénticas a lo que yo necesito que sean. Siempre una idealización. Eso marca mis dos primeros libros que son Para esta mañana… y Pararayos.

Y ya poco a poco esa idea de retorno se hace menos ingenua, y responde a una necesidad muy física, muy profunda de salir de la melancolía, para citar a Serú Girán. Yo tuve que sobrevivir a la muerte de mi hijo, desde ese momento empieza a ser muy importante salir de la melancolía, porque si no salgo de eso me muero. Entonces una idea muy fuerte que surge a partir de esta vida, y del proceso de duelo de mi hijo fue la de no enamorarme de la pérdida, no jugar el juego melancólico de engolosinarme con ella. Aunque después de ese evento la pérdida no pueda no ser una parte estructural de mi cuerpo. Pero resistirme a eso. Como dice Giordano, no encarnar la herida para que la herida pueda volverse lienzo. Así que comienza a ser todo un trabajo que aparece solamente con la escritura. Que yo descubro en mí solamente escribiendo en este proceso de duelo, descubro la posibilidad de que la pérdida sea un lugar del hacer, un lugar donde algo puede convertirse en posibilidad de vida. Entonces a partir de ahí esta idea de retorno para mí se convierte en otra cosa, deja de ser este espacio perfecto donde yo era yo, sino que se convierte también en una posibilidad de escritura de esto que es huidizo, y ahí, en el recuerdo, incluso puede haber un goce, teniendo conciencia plena de que el recuerdo es una invención, pero que a su vez tiene algo de impredecible. Entonces poder gozar, aunque este goce tenga un elemento de pérdida, gozar de la imprevisibilidad del pasado, del recuerdo como aparición, que no tenga nada que ver con el yo de ahora, y sin embargo constituye al yo, aunque el yo ni se entere, y se entera cuando del olvido se desprende una imagen que te impacta y te cambia.

El trabajo de la escritura después de Siberia, que tiene que ver con la muerte de mi bebé, me ayudó a desprenderme del engolosinamiento, de ese enamoramiento de la pérdida, para sobrevivir. Por eso la escritura es para mí no un refugio, sino un salvavidas.

Te quería preguntar, Gabriela, sobre el tránsito del teatro a la novela.

G: Siempre escribí diarios. Tenía una práctica de escritura relacionada con ese espacio de clandestinidad. Yo estudié sociología y luego llegué al teatro. Un poco sin tener claro a qué dedicarme porque además había hecho una maestría en filosofía, hasta cierto punto llegué adulta al teatro, entonces dije bueno, esto lo voy a hacer mío, ya entendí que no va a llegar algo para lo que soy buena sino que yo me voy a apropiar de algo. Entonces lo primero que publiqué fue teatro porque me sentía autorizada a hacerlo, había estudiado una maestría en dirección, tenía un colectivo en el que éramos todas actrices y actores, entonces escribí porque surgió la necesidad de hacerlo, porque nadie escribía y yo tenía un vínculo ya. Me sentía en cierto sentido autorizada como no me pasaba con la narrativa. Un poco «yo hago teatro, pero no escribo», algo que decía la Dani, que estas grandes historias, estas grandes épicas no era capaz de hacerlas. Y empecé a escribir cuentos, asumiendo fuertemente un vínculo con lo personal, con mucha honestidad y sin filtro, lo que me producía mucha inseguridad, preguntarme si esto que estaba haciendo tenía un valor, si dialogaba con alguien más.

El paso a la novela fue con esa misma inseguridad. Nunca estoy segura qué estoy haciendo cuando escribo, no estoy segura qué va a ser esa escritura. Cuando escribí Sanguínea tampoco lo sabía.

¿En qué momento lo supiste?

G: Creo que cuando desbordó el formato que yo pensaba en el teatro y en el cuento. Tomó un camino que se fue configurando como eso, y luego ya estuvo. Bueno, ahora se montó Sanguínea como teatro, y ya se convirtió en otra cosa.

¿Vos adaptaste?

G: Y dirigí, estaba programado que viajara a España para hacerlo, pero vino la pandemia y no se pudo, así que lo hicimos a distancia. Fue muy raro. De hecho, un día antes de estrenar estábamos haciendo las pruebas de luces, a distancia, imagínate, y las chicas dan vuelta la mesa y yo «pero cómo, la mesa no es blanca, ¡tenía que ser blanca!» y las chicas «no, es madera, nunca fue blanca». Ahí ya dije basta, esto no es lo que pensé, es otra cosa, y quedó muy bien.

Para cerrar, ¿cómo ven el panorama cultural o literario en Ecuador?

Y: Tal vez lo más interesante suceda en pequeñas ferias de publicaciones en riso, fanzines, autopublicaciones que diversifican el acceso al libro, que en Ecuador es muy caro. Y en editoriales que te permiten publicar de manera material alternativa al libro convencional.

G: Con el colectivo tenemos una casa. La experiencia de llevarla adelante nos hizo entender que es muy difícil sostener iniciativas e instancias como estas sin apoyo estatal, muchas veces tenemos que poner de nuestros trabajos para que esto resulte. Y no sólo el Estado no ayuda, sino que muchas veces entorpece, exigiendo lo mismo que a una empresa, cuando lo que tenemos es una sala de teatro, una librería y un laboratorio fotográfico que claramente no dan plata. Faltan, si no financiamiento, al menos unas leyes que sean consistentes con lo que sucede a nivel cultural. Sin embargo llevamos cinco años en funcionamiento, y hay otras casas similares que empiezan a agruparse. Eso es chévere.

D: Lo que dice Yuli es bien importante, la diversidad incluso sexi-genérica en las voces que se publican en un país tan conservador. Justo este libro (lo tiene sobre la mesa) publicado por una editorial muy linda llamada Severo, que se llama Los fantasmas se cabrearon (Crónicas de la despenalización de la homosexualidad en el Ecuador), escrita por una mujer trans que se llama Purita Pelayo, y es una serie de crónicas de estas mujeres trans que durante los noventa fueron violadas, quemadas, asesinadas o desaparecidas. Son unas crónicas en primera persona de todo eso que se vivió, con un registro fotográfico y un trabajo de escritura realizado bajo una extrema precariedad que podía habitar la Purita Pelayo, siendo prostituta y perseguida por el Estado. Entonces hay un trabajo hermoso que va en ese sentido.

Desde el ámbito de la gestión, yo dirijo la Casa Benjamín Carrión, un centro cultural que es del Estado, y como tal tiene una serie de estructuras horribles de las cuales es muy difícil escapar. La cultura tiene esto de querer reducir todo a la escala de categorías manejables, el arte en cambio se escapa todo el tiempo, es difícil de fijar.

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