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Pareidolia – Una crónica de la calle

La obra Pareidolia, estrenada el viernes 07 de abril en el Teatro Capitol ofreció una experiencia conmovedora a través de personajes que aparecían y se esfumaban como por arte de magia. Cerca de 400 personas asistieron a la coproducción ecuatoriana colombiana ganadora de los fondos Iberescena.

Apenas se apagaron las luces al final de la función, el público arrancó en un aplauso que duró varios minutos e hizo a más de uno levantarse de su asiento en reconocimiento a las actrices. Durante una hora, Ana Escobar Vizcarra e Irina Gamayúnova habían encarnado la vida de la calle: la soledad y la ternura, la violencia y el desamparo, la solidaridad y la miseria.

Fotos: Karina Larrea / Secretaría de Cultura DMQ

 

Los personajes de la obra son dos mujeres que se llaman Carmen y Julieta. Se llaman es un decir, porque en la pieza nada tiene nombre, no hay texto, solo imagen, imagen corporal, imagen de los objetos, imagen sonora que es ruido pero no palabra. Se llaman, pues, Carmen y Julieta.

¿Cuál es cuál? Llamaremos Julieta a la más soñadora, casi aristócrata caída en desgracia que trata de conservar el pudor al dormir y la hora del té. Carmen, en cambio, es la calle hecha carne. Si alguna vez resistió fue hace tiempo, ahora se ha hecho uña con la suciedad y allí ha plantado su bandera. Se come los mocos, los piojos; se adueña del espacio (¿un baldío, una esquina, un callejón cerrado?) y arrincona a Julieta. Esta disputa por el espacio marca la dinámica de toda la obra.

  

  

Julieta entra en escena con un acto de honda ternura, dibujado con tiza a su cama, su lámpara de noche, su radio, su taza de té. Sólo con creer en ellos los vuelve ciertos. Todo su mundo cabe en esa tiza, su más preciado tesoro. Justo antes de dormir cae en la cuenta de un par de zapatos de varón, hermosos y nuevos. Los recoge como quien cosecha un amor y se los lleva consigo. Serán parte del drama mayor de la obra.

Julieta trata de dormir cuando entra Carmen “pateando al perro”. Si la entrada de la primera, con todo y las cajas que empujaba, fue casi en puntillas, casi de ballet, Carmen irrumpe con pisadas fuertes que suenan sobre el entablado. Mueve las cajas y se roba dos tercios del escenario para ella.

Una batalla se entabla entre las dos mujeres por el territorio y por demostrar cuál es mejor mendiga, mejor superviviente, mejor animal de la selva de cemento, como lo dijera el salsero Héctor Lavoe. Una competencia donde entrarán en juego el humor y el ridículo, la generosidad y la brutalidad, el estupor y la resignación inevitable ante lo que no tiene arreglo.

   

Carmen se burla de Julieta en cada ocasión que puede, pero ella resiste con su arma preferida, quizá la única que le queda: su imaginación. Carmen es de un materialismo brutal e implacable. Tiene un amigo que le ayuda a pedir caridad, un tramposo avivado que se humilla y ruega, pero que no duda en amenazar cuando la cantidad no es suficiente.

Este muñeco hecho en un costal y con rostro de yute rompió el escenario y se bajó a interactuar con el público. La obra se desarrolla con objetos como él, con personajes que están en las manos, en los dedos, que se mueven bajo los hilos de Escobar y Gamayúnova. Ellas mismas son parte del teatrino en el cual se proyectan las vidas de los personajes y sus ilusiones.

El lenguaje corporal de las actrices es farsesco y eso aligera en algo los dolorosos contenidos de la obra. Ese lenguaje tierno, próximo al de los clown, así como el recurso del teatro de objeto, suerte de máscara entre el actor y el público, mediador para el drama y la historia. FInalmente es una historia de calle, donde por nada te matan.

Julieta, en un momento, saca a su pato (ese es su amigo, no un ladronzuelo). Carmen no lo soporta. Envidia, rencor ante cualquier cosa viva, amargor ante la alegría del otro. Saca un cuchillo y degüella al animal. La escena está resuelta de tal modo que saca una risa en la sala: una de esas risas que disimula el susto, que oculta el horror.

El amigo de Carmen, “su” mendigo, se va aproximando a Julieta. Como si algo en esta antagonista de su dueña le tocara en las fibras de una solidaridad largamente escondida. De la maleta de tesoros de Carmen saca un par de zapatos. Zapatos de tacón, elegantes y nuevos, que le regala a Julieta.

¿Cuánto vale un par de zapatos? ¿Vale lo que un amor? ¿Proteger ese bien merece la vida, justifica la muerte? Los zapatos son un símbolo en la obra y en el lenguaje de Pareidolia. Son el signo de la pobreza o la riqueza. Cuando Carmen ve a Julieta puesta sus tesoros hay guerra abierta. Los zapatos son violentamente recuperados y la obra alcanza en seguida su clímax.

Carmen reclama al mendigo por haber regalado sus zapatos. La discusión se convierte en pelea. La pelea crece hasta ser una gresca que termina drama. Carmen y el mendigo pelean y él termina muerto. La escena es durísima y Carmen al darse cuenta de lo que ha hecho se horroriza.

 

Julieta mira la escena despavorida mientras Carmen destroza el escenario a patadas en su desesperación y su culpa. Al final Carmen recoge a su amigo y sale de escena para enterrarlo. Julieta vuelve a tratar de dibujarlo todo pero la tiza se quiebra y se vuelve polvo. Ella gatea buscando algo que le devuelva los sueños.

Carmen vuelve a escena con su carácter desconfiado. Sigue mirando con desprecio a Julieta pero algo se ha roto por dentro en ella. Tras tanto bregar, pareciera que su corazón en el fondo está despierto. Mira a Julieta y llena su valija, pero antes de irse lanza hacia su vecina un resto de tiza.

Vuelve el sueño a construir una fortaleza contra la realidad. Quizá esa sea la función del teatro: envolver al espectador y abrigarlo ante la estupidez del mundo. Quizá también sea un cometido del teatro: mostrar esa realidad estúpida desde la ventana del arte. De modo paradójico Pareidolia logra, con mucho éxito, ambas cosa.

Sobre Pareidolia

  • La obra ganó los fondos Iberescena 2016-2017.
  • Dirección: Ciro Gómez Acevedo (del grupo colombiano Hilos mágicos)
  • Actrices / Titiriteras: Irina Gamayúnova y Ana Escobar Vizcarra
  • Composición Musical: Darcila Aguirre
  • Asistencia de Dirección: Paloma Saad
  • Vestuario y Maquillaje: Anita Cobagango
  • Escenografía y figuras: Ana Escobar Vizcarra y Leonel Valenzuela
  • Diseño de imagen, fotografía y video: Jaime Eduardo Lara