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Máscaras de perro para danzar contra la violencia

“Suma, reste, divida, multiplique. Una con puntos. ¿Qué explica la sobrepoblación de mujeres innobles?”. El texto es parte de La ciudad de las mujeres innbobles. La pieza de danza-teatro tuvo su premiere el lunes 11 y martes 12 de septiembre en el Teatro Capitol de Quito, con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la ciudad.

Bajo la dirección de Rosa Amelia Poveda, del Laboratorio Coreográfico Emergente, la obra cuenta con la participación de bailarinas profesionales y de mujeres de la comunidad, que se sumaron al proceso. La directora explica que su montaje es una analogía de Quito, llamada “la muy noble y muy leal” por los reyes españoles hace casi cinco siglos.

La obra comienza en el foyer de teatro, con el sonido de un violonchelo y un canto que celebra a la boca, “loca, boca loca”. Las bailarinas van ataviadas con ponchos de agua azules, rosados, amarillos, blancos. Llevan también unas máscaras de perro hechas en acetato (obra de un diseñador holandés que cedió sus derechos de uso para la obra).

Las máscaras son los adjetivos con los que la ciudad las marca. Lobas. Perras. Locas. Porque a las mujeres se las reconoce desde los adjetivos que les otorgan, se las desconoce detrás de esas calificaciones. La Bella, la Virgen, la Madre, la Esposa. La Amante. La Puta.

Las bailarinas guían a los espectadores hacia el escenario del teatro. Desde allí miran hacia las butacas, donde sucede la primera parte de la obra: telas celestes recrean un cielo o un mar entre el cual las mujeres, con máscaras de perro, asoman casi con timidez.

Unas máscaras son transparentes. Alguna es dorada. Otra más llega cubierta de plumas y otra está tachonada de flores. Entre ellas surge Manuelita Sáenz, con su uniforme y su bandera. La patriota es reconocida como una especie de madrina de las mujeres innobles de Quito.

 

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Innobles porque dicen no. Innobles porque defienden sus derechos. Innobles por insumisas. Innobles porque resisten. Innobles porque entre ellas se ayudan y se sostienen. Innobles por ser mujeres y por ser valientes.

La violencia contra las mujeres es pan de cada día en la muy noble y muy leal ciudad de Quito. La obra da cuenta de esa violencia (hay que hablar en plural, esas violencias) y las trae a escena de modo poético.

Se trata de una representación delicada que va repasando la exclusión laboral hacia los oficios más ínfimos; que reflexiona sobre el cuerpo como territorio del placer anhelado pero que se convierte en un espacio cercado por vallas de dolor.

La obra se acerca también al tema del femicidio: “la mató por estar embarazada, por no querer tener hijos, porque la vio hablando con otro, porque no quiso acostarse con él. La mató por ser mujer”.

Porque ser mujer es saber resistir. Como en una de las últimas escenas, cuando una bailarina se da una y otra y otra vez con el cuerpo contra una plancha de metal. Estruendo y rechazo, pero más importante aún la insistencia, la resistencia. El seguir ahí, orgullosa, adolorida y hasta casi derrotada, pero innoble e independiente. Porque la mujeres pueden coger esos adjetivos y darles la vuelta, hacerlos un arma a su favor y no una sombra que las esconde.

Hace algunos años ONU Mujeres desarrolló un proceso de rescate de testimonio de mujeres. Rosa Amelia trabajó sobre esas cartas, en las que encontró dos elementos comunes. Por un lado, la recurrente violencia y el maltrato constante, por otro, una enorme resiliencia. Esas cartas se terminaban casi siempre con mensajes positivos, con una enorme carga de sororidad.

La ciudad de las mujeres innobles pone sobre el escenario verdades incómodas con las cuales Quito y otras capitales conviven cotidianamente. Usa un lenguaje que tampoco le concede nada al espectador y lo obliga a ser parte activa en la construcción del significado de la obra. Es una obra que merece rodar por la ciudad y sus espacios escénicos.

El tema de la violencia de género es cada vez más importante en la esfera pública, pero por ello mismo corre el riesgo de quedar secuestrado en cuatro fórmulas fáciles. Esta obra rompe con ese cerco y obliga a tocar el tema desde la mirada de la mujer y no desde la estadística académica.

La obra se ha montado en una residencia en el Teatro Bolívar de Quito. Dentro de esta obra experimental participan mujeres de los barrios centrales de la ciudad de Quito, colectivo “Mujeres de Frente” y cuenta con el apoyo de bailarinas y actrices de renombre en nuestro país como: Susana Nicolalde, Andrea Fierro, Tani Revelo Flor, Denisse Neira, Mishell Argüello, Nadinka Flores, Mónica Coba, Fernanda Medina, Jacqueline Villavicencio y Rosa Amelia Poveda.

Además cuenta con el apoyo de la Secretaría de Cultura del Municipio de Quito, Fundación Teatro Bolívar, Ochoymedio, Urbanadata, Zona Digital, la Casa Catapulta, Casa de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, Centro Cultural Govinda, Fundación Mandrágora y el aval de ONU Mujeres.