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La música popular, un patrimonio vivo aún por conocer

El sonido de la banda de pueblo no deja a nadie indiferente en Quito. Evoca la fiesta, invita a la reunión con los vecinos, da noticia de que la ocasión es importante. El timbre especial de estos conjuntos dominados por las familias de bronces y por la percusión en seguida llama la atención. En las parroquias, la banda acompaña toda la vida social.

Bandas de pueblo y músicos populares son los guardianes del patrimonio musical de la ciudad. En las agrupaciones se conservan partituras, arreglos y composiciones: muchas veces no están fijadas en papel ni tinta, sino que están fijadas en la memoria de los maestros músicos, que las transmiten de generación en generación. 

En el marco de la Semana del patrimonio 2017, la Casa de las Bandas presentó el espectáculo Banda de Pueblo. Historias de músicos. Alrededor de las bandas de pueblo se recuperan varias facetas de la memoria social individual y colectiva de los protagonistas. Son relatos particulares pero comunes, que se entrelazan para formar un tejido de historias que dan cuenta del proceso de vida de las bandas, arraigado a su entorno geográfico, social y familiar.

La poesía, en sus orígenes, tenía dos vetas. Una más culta, el mester de clerecía, se hacía en latín y tocaba temas sagrados. Otra, el mester de juglaría, usaba las lenguas vulgares y daba cuenta en versos sobre gestas heroicas, historias pícaras y de amores. En el mundo de la música esa división también ha tendido lugar. Contra una música “culta” se ha opuesto otra, “popular”.

En el caso ecuatoriano, esta línea divisoria existe y marca los territorios del patrimonio musical. Símbolo de ello es la referencia, por ejemplo, a pasillos de piano y pasillos de guitarra. El pasillo, el género de música urbana de mayor raigambre en el país, ya presenta estas dos versiones. Porque son patrimonio tanto los cantos populares como los libros corales de los conventos y las composiciones académicas.

Además de los pasillos, el pentagrama patrimonial cuenta con una gama de géneros. La tonada es uno más, junto con el albazo, aire típico, capishca, yaraví, pasillo, danzante, pasacalle… En la mayoría de los casos son estructuras llegadas de España, que se han fundido con la música andina. Verdaderas muestras de la cultura mestiza que nos caracteriza como ciudad.

 

 

El investigador Patricio Guerrero asegura que “existe en el Ecuador un patrimonio musical de valor excepcional que no ha sido organizado en un sistema de información acorde a las convenciones vigentes a nivel internacional”. La ausencia de este sistema, dice Guerrero, impide garantizar el acceso de la comunidad a su memoria musical. “Esta falencia afecta los procesos de fortalecimiento identitario y dificulta la administración cultural en detrimento del ejercicio pleno de los derechos culturales”.

A ello debe sumarse la permanente actualización del quehacer musical, a partir de nuevos lenguajes, nuevas tecnologías y procesos de intercambio y circulación. La música popular es territorio de expresión cultural viva a la vez que fuente en la construcción y renovación del patrimonio cultural sonoro. Lo patrimonial no es lo antiguo, sino aquello que tiene valor y da sentido a la vida de las personas.

Es mucho el camino por recorrer en la recuperación y revlaoración de la música popular quiteña. Por ejemplo, en la publicación del Museo de la Ciudad en el año 2006 titulada El pasillo en Quito, obra de Pablo Guerrero Gutierrez y Juan Mullo Sandoval, se analiza como el pasillo pasó de ser, inicialmente, un género para el baile de salón, que poco a poco fue transformando su función hacia un pasillo esencialmente cantado, que es como le conocemos ahora. 

Y si el pasillo y otros géneros urbanos dan cuenta de la cultura mestiza en el tejido urbano, en el Quito Metropolitano y sus parroquias rurales más tesoros sonoros esperan ser descubiertos o son preservados por pacientes protectores. Y los pingullos, por eso, no dejan de sonar en Alangasí ni en Píntag ni se callan los yumbos de Mindo o Cotocollao. La música sacra popular, por ejemplo la que se dedica a las procesiones marianas en la ciudad, es otro amplio capítulo en el patrimonio musical popular de la ciudad.

 

Los músicos de La Casa de las Bandas han aportado con su memoria y además con su talento para el espectáculo que presentaron y protagonizaron. Cada uno aporta con arreglos y adaptaciones a los temas musicales y a lo largo de la obra todos ejecutan sus instrumentos y también se convierten en actores para narrar las historias. Para complementar el elenco participarán actores y bailarines externos.

Para La Casa de las Bandas este trabajo, más allá de una obra escénica, ha sido un proceso de diálogo constante, de hallar nuevas motivaciones, de imaginar nuevas posibilidades para La Casa de las Bandas de Quito. De esta manera trabajan en el fortalecimiento del patrimonio musical popular ecuatoriano.